PROSSER— Sebastián Castilleja no habla como adolescente. No se expresa con vacilaciones y dice las cosas tal como son.

Castilleja, un estudiante de décimo año en la secundaria Prosser dio un emotivo discurso donde describió los dilemas de su vida causada por los problemas y adicciones de sus padres.

Narró problemas de “confianza” y de violencia doméstica, pero también sobre la terapia familiar que le hizo sentir vergüenza en más de una ocasión.

“Ha sido difícil madurar”, afirmó el joven de 15 años de edad. Hace un mes, sus palabras convencieron a un jurado calificador que le hizo ganar el Premio Joven del Año 2013, en el Boys and Girls Club de Proser.

El premio es patrocinado a nivel nacional por el Boys & Girls Club y se realiza en todo el país. El ganador de cada club pasa a la competencia estatal, luego a la regional y finalmente, a la nacional. Además se hace acreedor a becas de estudio.

Los jueces eligen a los ganadores en base a su participación cívica, calificaciones escolares, cooperación con el club y la presentación de un discurso. Es en esta parte donde el concursante debe explicar cómo es que Boys and Girls Club los ha ayudado a superar sus obstáculos.

Durante los tres últimos años, los candidatos de Prosser han compartido abiertamente secretos de su infancia frente a los jueces y la comunidad en general en un banquete anual. Temas fuertes como el divorcio, abuso, alcoholismo son expuestos de manera pública.

Pero lo mismo sucede en los 4,000 Boys and Girls Club que hay en todo el país, dijo Ron McHenry, director ejecutivo del club de Prosser, el único en el Valle de Yakima.

“Permitimos que cuenten sus historias como quieran”, dijo McHenry.

Muchas veces, los padres ven expuestos sus puntos débiles en las palabras de sus hijos.

McHenry anima la participación de los padres, aunque admite que, a veces, ello lo pone nervioso.

“Nadie puede contar tu historia a menos que seas tú mismo quien lo haga”, dijo McHenry. Para Isaac Johnson, un terapeuta familiar en Yakima, la idea no es mala.

Siempre que el integrante de la familia no sea atacado sorpresivamente en público, hace que el adolescente tome el control de su caótica vida y encuentre la posibilidad de mejorar los problemas.

“Esto ayuda a que el joven no tenga la mentalidad de víctima, donde todo es culpa de sus padres”, dijo Johnson. “Se trata más bien de que el adolescente se levante y diga ‘yo no voy a ser un producto de esto’”.

Hace casi año y medio, Castilleja encontró alivio en el Boys & Girls Club, en el que se ofreció como consejero juvenil de clase. Allí “lo escucharon”, según dijo.

Durante el discurso público, no se contuvo y le dijo a las 186 personas que asistieron al Princess Theatre cómo la adicción al alcohol de su padre había afectado a su familia.

Sus padres se divorciaron cuando tenía 6 años. Con el tiempo, se fue a vivir con su padre, Zeb, cuya adicción empeoró gradualmente después de su divorcio. El hombre no prestaba atención a las calificaciones escolares de su hijo y se presentaba borracho a las reuniones de maestros. Durante el día iba a trabajar y en la noche se iba a los bares a intoxicarse.

Así que Sebastián se cansó de ello. Renunció a sus padres y se concentró exclusivamente en sus estudios y en asegurarse de que sus hermanos tengan ropa limpia. Estaba determinado a mejorar sus vidas.

“Ya no me importaba que a mi familia no le importara. Yo no lo hacía por ellos”, dijo en su discurso. “Lo hacía por mí, por mi futuro y el de mi futura familia”, subrayó.

Aunque Castilleja advirtió a sus padres sobre el vocabulario de su discurso. Ambos asistieron de todos modos.

“Ese fue uno de los mayores temores que tuve”, dijo Sebastián. “No fue tanto presentarlo ante el público, pero hacerlo delante de mis padres”, apuntó.

Su padre, Zeb, quien lleva 18 meses sin probar alcohol, confirma cada parte del relato de su hijo.

“Básicamente, les robé su infancia”, detalló el hombre de 45 años de edad y quien ha pasado por varios grupos de rehabilitación y apoyo.

Zeb aseguró que ahora “aprecia el poder de las palabras”. Le ayuda a mantenerse sobrio y difundir un mensaje de esperanza a otros adictos.

Él no quiere que su hijo cambie ninguna palabra de su historia.

“Quiero que la comunidad sepa dónde estamos ahora”, dijo Zeb, quien creció en Prosser. “Tengo que compartir estas palabras con otros”.