Hace poco más de diez años arribé a Nueva York, proveniente de Perú. Era estudiante de intercambio, tenía 25 años, una pequeña maleta, un mapa de la ciudad, dos libros y 400 dólares en el bolsillo.

Se suponía que el viaje sería sólo por unos cuantos meses. Sin embargo, por cuestiones de estudio y trabajo hice de éste país, mí hogar.

El 23 de abril último, junto a 14 personas de distintas partes del globo, levanté mi mano derecha y declaré bajo juramento lealtad a los Estados Unidos de América. Juré defender la constitución y las leyes de ésta, mi nueva patria, contra todo enemigo, extranjero y doméstico. Mi juramento lo hice de corazón.

Durante mi ceremonia de naturalización —pequeña, pero significativa— estaba sentado al medio de dos mujeres, la de mi derecha, era de España y la de mi izquierda, de India. Al finalizar el evento, los tres, éramos nuevos ciudadanos estadounidenses.

No recuerdo el nombre de aquellas mujeres, ni sus historias, pero sí recuerdo bien que en sus rostros recorrían lágrimas de emoción y orgullo. Las mismas que recorrían mi rostro.

Cuando me acerqué para felicitar a la mujer de España, simplemente me dijo “éste ha sido todo un largo y duro camino”.

Diez años atrás, soñaba con empezar una carrera periodística en los Estados Unidos. Quería convertirme en corresponsal de guerra para The New York Times o ser periodista de viajes para distintas publicaciones.

Sin embargo empecé mi carera profesional como editor bilingüe de marketing en una empresa de Wisconsin, luego reportero en el periódico Ahora Utah, del diario The Salt Lake Tribune, y actualmente editor de este semanario.

Las palabras de aquella mujer —ahora compatriota estadounidense—, no podrían ser más acertadas y es que de verdad “ha sido todo un largo y duro camino”. Un camino del cual me siento profundamente orgulloso porque me ayudó a descubrir distintos aspectos de la cultura estadounidense.

Algunos de mis sueños no se han realizado —todavía—, no trabajo para The New York Times, y tampoco soy corresponsal de guerra, pero este país me ha dado la oportunidad de realizar muchos otros sueños, mucho más de los que el país que me vio nacer, me habría dado. Por ello, estoy muy, pero muy agradecido.

Estados Unidos me enseñó que cualquier persona que trabaja duro, sin importar su raza, origen, creencia religiosa u opción sexual puede lograr lo que sea. Más allá de cualquier opción política, eso quedó demostrado cuando se eligió al primer afroestadounidense como presidente.

Diez años después, puedo decir que me siento integrado a este país y puedo llamar con orgullo a esta tierra como mi casa.

Siempre seré peruano de nacimiento y siempre tendré un marcado acento al hablar en inglés, pero lo cierto es que ahora soy estadounidense y hasta el final de mis días, viviré agradecido y honrado por todo lo que éste país me ha dado.

Creo firmemente en el Sueño Americano y en la oportunidad que tenemos los hispanos por salir adelante en esta gran nación.